"Bello como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas"

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Philip J. Fry, ese gran pensador.
-werchwerch

Philip J. Fry, ese gran pensador.

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“Needle in the Hay”.
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“Needle in the Hay”.

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Dice que somos diferentes.

Que no estamos hechos el uno para el otro.

Que se marcha.

Y yo no sé qué responder.

Después de todo,

aún se me hace raro hablarle a un espejo.

"

Esos sueños no soñados

que son folios casi en blanco

a los que el tiempo por cobarde

no se acerca aunque ya sabe

que esa historia no se escribe,

no se piensa ni se vive

pero siempre ha de tener,

un vacío, un hueco, un lugar,

donde poder no existir sin molestar a las demás.

"

- werchwerch

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Cuando abrió los ojos, ella ya no estaba a su lado. Se incorporó de golpe apoyando las manos en el colchón y miró nervioso en todas direcciones mientras sus ojos se acostumbraban a la escasa luz que se colaba por la persiana. 

–¿Sara? –alcanzó a preguntar, aunque más para sí mismo que para cualquiera que pudiera estar escuchando.

Esperó unos segundos, desconfiado, pero nada se escuchaba más allá del ruido que hacían contra la ventana las escasas gotas de lluvia que quedaban por caer de la tormenta que había sacudido la noche anterior.

Se quitó de encima lo poco de edredón que aún le cubría y saltó hacia la puerta. Abrió con rapidez para asomarse dejando sus pies descalzos dentro de la habitación y la mano apoyada en el pomo. Un pensamiento fugaz cruzó por su cabeza mientras miraba primero a un lado y luego a otro del pasillo. Su nerviosismo empezaba a convertirse en resignación. Separó los labios a la vez que cogía el aire necesario para llamarla una vez más, pero finalmente se forzó a asumirlo… «No… Sé que no está aquí». Y se limitó a dejar escapar todo ese aire formando un leve suspiro.

Cerró de nuevo la habitación, apoyó la espalda contra la puerta y se deslizó despacio hacia abajo sin despegarse de ella hasta que estuvo sentado en el suelo con los brazos sobre las rodillas. Permaneció unos segundos así mientras pequeños flashes le sacudían el cerebro. No resultaba fácil despertar cada mañana en una realidad que no era la suya, una realidad que acababa por romperse en pedacitos que se confundían y mezclaban con otros que aparentemente sí lo eran. Y recordar era peligroso.

Una rápida mirada al escritorio le dio las fuerzas que necesitaba. Cerró los ojos, estiró las piernas, y trató de sumergirse en su memoria. Creía conocer a esa chica con la que esta vez había soñado. Sabía su nombre, al menos. Aunque quizás se lo dijo en otro sueño.

Las imágenes empezaron a bailar en su cabeza.

Ella encima suyo en la cama, aprisionándole con las piernas. «Si quieres me la dejo puesta…». Sí, la recordaba. «¿Qué os pongo?» Su sonrisa desde el otro lado de la barra. Y su mirada lasciva mientras le desabrochaba el cinturón. «Ven aquí…». Una partida de billar, puede que dos. Las risas de sus amigos. «¡Hoy invitas tú!». El logo de los Guns cubriendo su torso. Humo y jarras vacías. «Bonita camiseta». Esos grandes ojos azules, un roce de manos al coger la cerveza. El amargo sabor de sus labios. «¿La última?». Sus gemidos. El vaivén de la cama. De toda la habitación. «Sara, me llamo Sara». Gente corriendo. Truenos. Sus uñas arañándole la espalda. «Hasta otra». Su silueta danzando en la noche. El agua chocando con violencia contra la ventana… «¡Iceberg!». Con toda la violencia del embravecido mar, hasta reventar el cristal. La habitación inundándose con rapidez. «Nos hundimos… ¡Nos hundimos!». El crujido de metales, el suelo partiéndose por la mitad. Gritos. La falta de aire. «¡Socorro! ¡Me ahogo!». El barco naufragando, las olas arrasando con todo. Golpes en el casco. La oscuridad cayendo sobre él…

Abrió los ojos de golpe mientras se apartaba sobresaltado. Miró nervioso hacia arriba. Hacia los lados. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, respiraba con dificultad. Se levantó sin pensar y se dirigió al escritorio. Apoyó las manos dejando caer todo su peso hacia delante y espiró hondo varias veces tratando de relajarse, pero su pulso seguía disparado. Empezaba notar el sudor frío cayéndole por la frente. Revolvió el primer cajón hasta que encontró uno de los inhaladores. Lo agitó junto a su oído para comprobar que aún contenía algo y se lo llevó a la nariz. Su tembloroso pulgar permaneció sobre el pulsador mientras soltaba despacio por la boca todo el aire que tenía dentro. No siempre soportaba recordar sus sueños. Aguantó unos instantes, inmóvil, vacío, y finalmente presionó. Cerró los ojos y aspiró con fuerza la dosis liberada inclinando la cabeza hacia atrás. 

 

 

Un ruido le despertó. Apenas había separado los párpados cuando volvieron a juntarse de nuevo con fuerza como si se tratara de imanes. Sonó de nuevo. Era el timbre. Hizo un nuevo esfuerzo y consiguió que sus ojos se abrieran hasta la mitad. Se dejó caer de la cama y salió casi arrastrándose de la habitación. Poco a poco iba despertando de camino al telefonillo. Se aclaró la garganta y se humedeció los resecos labios.

–¿Sí? –preguntó con voz ronca.

–¡Hola! Soy Sara. Perdona, no quería despertarte, pero me he dejado el paraguas… ¿Me abres?

Eh… ¿Sara…? ¿Qué Sara?

"

Las notaba subir desde el estómago, arañando sus entrañas, hasta la garganta. Y allí las retenía. Las acumulaba. Una tras otra.


Su cuerpo acabó en el suelo, a unos metros de su cabeza. Nada en la habitación se salvó de ser salpicado cuando el cuello le reventó.


Todo estaba cubierto de palabras.

"

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Aún eran escasos los rayos de sol que se colaban a través de las cortinas como para espantar por completo la penumbra. Y la pequeña lámpara que antes había presidido la mesita de noche no podría ayudar a ello. Quizás fuera el impacto contra la pared, quizás el posterior encontronazo con el suelo en el que ahora descansaba, o quizás tanta energía desprendida durante horas en forma de emociones y sensaciones acabara por sobrecargar el frágil mecanismo que daba vida a esa bombilla que ahora permanecerá fría por siempre, como tantas otras cosas permanecerán después de esa noche en la que nadie durmió. Pues eso era lo que allí quedaba. Frío. Y cosas rotas.

La camiseta que la hizo caer aún seguía enredada en ella. Era su camiseta favorita, pero el desgarro que ahora tenía en el cuello no le importaba. Sería un recuerdo más. Otro momento que nunca se repetiría. El suelo de la pequeña habitación estaba lleno de esos momentos. De la mitad de ellos.

A los pies de la cama estaban sus vaqueros, arrugados y con las perneras del revés, probablemente el desabrochado cinturón aún conservaría el aroma de sus manos. Un poco más allá, al lado de la puerta, sus zapatillas con esos cordones sueltos y llenos de tierra que ella le pisaba para verle tropezar entre risas. Le encantaba escuchar esa risa… Sólo había una cosa en el mundo que le gustara más oír, la banda sonora de una noche que esperaba que ella nunca pudiera olvidar. Una de aquellas dos incómodas almohadas había sido desterrada de su reino y ahora descansaba triste apoyada en la pared, y su camisa a cuadros había acabado debajo de la cama, o más bien la cama había acabado encima de ella. El edredón cubría sólo una esquina inferior de ésta, y el resto caía al suelo formando extraños pliegues y perfiles, alguno de los cuales seguramente escondería sus calcetines.

Él estaba sentado al lado, sobre la sábana, en ropa interior y de cara a la ventana, sintiendo el frío del suelo subirle por las piernas desde las plantas de los pies. Todo lo que se oía era el eco que había dejado la puerta al cerrarse. Quizás horas atrás, quizás sólo segundos. El tiempo carecía ya de importancia. Tenía las manos apoyadas en los muslos, y sujetaba con miedo los pendientes que ella se había dejado. Los pendientes que él le había escondido. Se sentía extrañamente identificado con ellos. Seguramente porque sería una idea estúpida pensar que ella recorrería cientos de kilómetros para recuperar algo tan insignificante.

"Comprendió que si no podía dejar de llorar, algo tendría que hacer. Y lo hizo. No tardó en amasar una fortuna con su negocio de lágrimas embotelladas."

- werchwerch

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No sabía cómo deshacerse de aquello, sólo que no lo quería con él. Así que buscó un pequeño baúl con cerradura y lo encerró dentro, pensando que así se sentiría mejor. Pero no fue así. Y se dio cuenta de que encerrarlo no era el problema, el problema era qué hacer con la llave que lo podía liberar. Ese pequeño objeto metálico tan insignificante a ojos de cualquiera al que él había dotado de un poder único. Un poder que no podía asumir.

No sabía cómo deshacerse de aquello, sólo que no lo quería con él. Así que buscó un pequeño baúl con cerradura y lo encerró dentro, pensando que así se sentiría mejor. Pero no fue así. Y se dio cuenta de que encerrarlo no era el problema, el problema era qué hacer con la llave que lo podía liberar. Ese pequeño objeto metálico tan insignificante a ojos de cualquiera al que él había dotado de un poder único. Un poder que no podía asumir.

No sabía cómo deshacerse de aquello, sólo que no lo quería con él. Así que buscó un pequeño baúl con cerradura y lo encerró dentro, pensando que así se sentiría mejor. Pero no fue así. Y se dio cuenta de que encerrarlo no era el problema, el problema era qué hacer con la llave que lo podía liberar. Ese pequeño objeto metálico tan insignificante a ojos de cualquiera al que él había dotado de un poder único. Un poder que no podía asumir.

Fue encontrado meses después. Yacía muerto en el suelo de su habitación, debajo de centenares de pequeños baúles de diferentes formas y colores. Había una llave en su mano. Y una llave en cada uno de aquellos viejos recipientes de madera que aplastaban su magullado e inerte cuerpo. O, al menos, eso parecía. Lo cierto es que perdido en ese extraño mar de baúles había uno que ahora permanecía vacío. Hubo un tiempo en el que guardó algo, pero el corazón que lo alimentaba dejó ya de latir.

"No lo podía evitar. Si veía algo roto, tenía que arreglarlo. Y si faltaban trozos, los arrancaba de si mismo. Hasta que no le quedó ninguno."

- werchwerch

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Le gustaban las piedras. Siempre buscaba piedras. Caminaba mirando al suelo tratando de encontrar alguna que fuera diferente. Alguna que fuera especial.

Un día, en su ruta diaria hacia ninguna parte, vio algo en el suelo que llamó su atención. Cuando su mirada pasó por encima no pudo evitar detenerse en seco, en medio de la calle, y observarla con curiosidad desde la altura que su cuerpo le proporcionaba. Su color naranja la hacía destacar por encima de los apagados adoquines de la acera. Parecía que le llamara a gritos. La gente iba y venía a su alrededor. Hombres. Mujeres. Niños. Algunos hablaban. Otros callaban. Todos con prisas. El sólo notaba manchas que se movían de un lado a otro. Algunas le chocaban o empujaban mientras emitían ciertos sonidos guturales que no llegaba a comprender. Tampoco le importaba.

Pasó un rato hasta que las manchas dejaran de golpearle de manera indiferente como a un agente externo que se interponía en su camino y comenzaran a rodearle como a un elemento más del grisáceo paisaje urbano.

Se acuclilló ya sin miedo de que lo desequilibraran. Las manos apoyadas en las rodillas, que apuntaban en direcciones prácticamente opuestas, y la cabeza inclinada hacia abajo, acercándola cuanto podía a aquel pedazo sólido de material de procedencia indefinida y color del amanecer.

La observó con detenimiento, moviendo la cabeza alrededor suyo para investigar cada rincón, cada centímetro de su ovalada forma, casi con miedo de que en cualquier momento se desintegrara por mirarla con tal fuerza. Al ver que eso no sucedía, no pudo reprimir sus ganas de alargar la mano y acariciar su superficie con la yema de los dedos. Y lo hizo. Despacio. Sintiendo su rugosidad, cada una de esas pequeñísimas irregularidades a lo largo de su extensión. Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir cómo su piel se despegaba de ella. Instantes después, cuando éste se hubo desvanecido del todo, posó con cuidado la mano abierta sobre la piedra, encajando ambas como si fueran dos partes de un mismo todo. La levantó con firmeza, volteándola, sujetándola a poco más de un palmo de su rostro, viendo esa parte que había permanecido oculta hasta ahora. 

Quedó inmóvil. Absorto en ella.

Sí que era especial.

Sería esa. 

Con esa piedra se abriría la cabeza.

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La energía ni se crea ni de destruye. Sólo se transforma. Y los sentimientos no son más que energía. Están ahí. Tienen diversas formas y colores, pero son parte del mismo todo. Tú.

Creer que puedes borrarlos es un error. Creer que puedes crearlos también. Si no quieres amar, odia. Si no quieres odiar, teme. Si no quieres temer, sufre. Si no quieres sufrir, añora.

Añora lo que no tienes. Ten la esperanza de conseguirlo. Y cuando lo tengas, ámalo. Y ódialo. Ódialo, porque tendrás miedo de perderlo. Y cuando lo pierdas, sufre. No trates de evitarlo. Sufrir es la parte más importante. Llegará un momento en el que dejes de hacerlo, y simplemente lo añores. Añores eso que parecía que era lo que querías. Y entonces tendrás la esperanza de volver a conseguirlo.

Una vez entras, no puedes salir. Y es inevitable no entrar. Siempre va a haber algo que quieras y no tengas. Siempre. Sea lo que sea. Pase lo que pase. Ese es el motor del mundo.

La solución no es no sentir. Eso es imposible.

La solución es tirarse por el balcón.

Y cuando es peor el remedio que la enfermedad. Acostúmbrate a ella.

Asómate.

Asómate.